En algunos países más que en otros y en algunas universidades más que en otras, los científicos sociales han alcanzado consensos sobre la importancia de utilizar tanto los métodos cuantitativos como los cualitativos en la investigación social. Sin embargo, la balanza a favor de uno u otro método aún depende en gran medida de sesgos profesionales y académicos. Este artículo pretende aportar a la superación de camisas de fuerza metodológicas, señalando la importancia de considerar las implicaciones éticas en la investigación social y en las prácticas evaluativas. 

Para entender lo que pasa, pasó o predecir lo que va a pasar e hilvanar soluciones alrededor de algún problema social, los científicos sociales deben decidir cuál es la mejor forma de investigarlo. Discutirán sobre las teorías sociológicas, políticas, psicológicas, antropológicas o económicas que puedan guiar la forma de entender el problema, y de las distintas perspectivas que se prioricen dependerán en gran medida los resultados. Hay tantas maneras de entender un problema social como habrá investigaciones al respecto. Al final, si es que se llega a utilizar los resultados de las investigaciones para enfrentar el problema, se utilizarán aquellos que sean aprobados por quién sea que destinará los recursos y esfuerzos para resolverlo.

Uno de los temas más recurrentes en las discusiones para la aprobación de los resultados de una investigación gira en torno a los métodos que se utilizaron para levantar información y analizarla. Históricamente ha habido una disputa entre los llamados métodos cuantitativos y cualitativos. Los primeros se basan en cuantificar con números aspectos de la realidad para matemáticamente develar similitudes y diferencias entre las personas, archivos, instituciones o países, y así poder identificar causas y efectos. Los segundos se basan en develar similitudes, diferencias, causas y efectos mediante la interpretación de ideas y hechos, usando letras en lugar de números.

En general, los científicos sociales están de acuerdo en que cada método es útil y que la decisión sobre cuál usar dependerá del tipo de problema y perspectiva con la que se lo pretenda entender. Es así que cada vez más, los resultados de investigaciones que utilizan tanto métodos cuantitativos como cualitativos tienen mejores posibilidades de ser aceptados y utilizados para identificar soluciones de problemas complejos. Sin embargo, debido a limitados recursos para investigar, la opción por uno u otro método se vuelve trascendental. Este artículo pretende defender la idea de que la discusión entre elegir los números o las letras no debe consistir únicamente en argumentos técnicos, sino también en argumentos éticos. Para esto, se explica brevemente de qué tratan los aspectos técnicos y éticos, para dar paso a la reflexión de una experiencia personal en el campo de la investigación de políticas públicas en el Ecuador, que pretende problematizar su conexión.

La técnica –que se refiere en este artículo a la manera más científica de hacer algo para conseguir un objetivo– no necesariamente lleva a la ética –que se refiere aquí a la importancia de tomar en cuenta los valores sociales al hacer algo.

Disputa técnica

La disputa técnica entre los métodos cuantitativos y cualitativos de investigación social se basa en la utilidad que tendrían para producir el conocimiento más ‘objetivo’ posible. Los resultados de investigación científica se consideran válidos cuando están exentos de los prejuicios del investigador y logran entender un problema social cómo es y no cómo se piensa que es (Denscombe, 2002). La investigación se vuelve central al momento de entender un problema social porque se concibe que sin evidencia hay el riesgo de caer en interpretaciones sesgadas por las propias posiciones del científico social. Por eso se invierte en investigación social y no se toma una decisión únicamente guiada por la opinión de un sociólogo, un economista o un antropólogo, por más legítima que sea.

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La opción por cuál es la mejor técnica implica una disputa porque la validez y ‘objetividad’ están en juego. Una gran parte del trabajo realizado por los científicos sociales trata de identificar cómo llegar a la ‘mejor’ validez y si es que la ‘objetividad’ es posible. Por lo tanto, las técnicas de investigación social están en desarrollo constante y su aceptación y aplicación difiere en distintos grupos. Son los académicos de las universidades quienes suelen dar el visto bueno para aprobar ciertos resultados de investigación y muchos decisores de políticas públicas o de solución de problemas desde otros ámbitos basan su aprobación en sus conocimientos académicos. La validez de la mejor técnica para entender un determinado problema social es una construcción social, que expresa las visiones del grupo de poder en esa validación.

Sin embargo, a pesar de esta disputa, se podría decir que se han alcanzado algunos consensos. Los métodos cuantitativos se pueden/deberían utilizar cuando: se requiera menos contacto con los participantes/informantes de la investigación; se pretenda medir conceptos, establecer causalidad, generalizar resultados y replicar luego la misma investigación. Por su parte, los métodos cualitativos se pueden/deberían utilizar cuando: se requiera estudiar el problema social a profundidad; se pretenda estudiar los puntos de vista de los actores sociales y procesos que llevan a esos puntos de vista. Los criterios para la aprobación de los métodos cuantitativos son la validez, confiabilidad y generalidad, mientras que para los métodos cualitativos son la validez, pero sin la estricta confiabilidad en la aplicación de la técnica, y la credibilidad.

Disputa ética

La ética también es parte de una disputa, pero esta vez de valores sociales que no necesariamente están relacionados con la forma más ‘objetiva’ de conseguir resultados, sino con la noción de no hacer daño a las personas implicadas en la investigación y en el problema social. La ética en la investigación científica tiene sus orígenes en la medicina. En las ciencias sociales el tema de la ética es más reciente, pero no menos importante. Por ejemplo, existen varias restricciones para la realización de investigaciones con niños, ya que se considera que no tienen la suficiente autonomía para decidir si desean voluntariamente participar o no. Muchas universidades tienen comités encargados de aprobar si una investigación es éticamente correcta o no. Claro está, quién decide sobre qué es ético y qué no es ético es el grupo de poder de estos comités.

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Los problemas éticos están principalmente relacionados a la recolección de información. No obstante, pueden estar relacionados a la contribución que se espera de la investigación. Al respecto, hay grandes discusiones alrededor del rol de la academia y por ende de sus proyectos de investigación. Mientras algunos académicos plantean que la universidad debería responder de manera más directa a problemas sociales y políticos, otros plantean que la completa autonomía generará más beneficios a la sociedad. Desde la primera perspectiva, las investigaciones de las universidades pueden potencialmente ser desperdiciadas, por lo cual no sería ético utilizar el tiempo de los participantes sin garantizar que realmente reciban algún beneficio. Según la otra perspectiva, la producción de conocimiento sin restricciones puede servir de maneras inimaginables para resolver problemas sociales, sin ataduras a agendas políticas.

La investigación básica – aquella que no pretende responder a un problema específico sino contribuir a la ciencia en general –  estaría exenta de problemas éticos por fuera de no causar daño a los participantes durante la recolección de información[2]. Al contrario, las discusiones alrededor de la Investigación Evaluativa (aplicada) – aquella relacionada a identificar si algún programa o servicio ha cumplido su objetivo – expanden el rol de la ética hacia considerar el impacto de la investigación y su relación con valores como la democracia, equidad y justicia social.

A partir del análisis de la Investigación Evaluativa es posible problematizar la relación entre la ética y la opción por distintos métodos de investigación social. Los siguientes fragmentos narran reflexiones sobre dos experiencias laborales en el campo de la investigación y evaluación de políticas públicas en el Ecuador que reflejan que la técnica no está exenta de problemas éticos.

 


No es que no me gusten los números… La verdad es que no era capaz de defender las letras…

 

“NECESITAMOS UNA EVALUACIÓN DE IMPACTO, CUANTITATIVA, ¡con una muestra representativa que nos permita saber realmente si este programa funciona o no!” – eso es lo que me dijo cuando le pregunté sobre las prioridades de investigación de la Institución. No me acuerdo si me lo dijo, o si yo pensé que me lo dijo: “¡Ya basta de pequeñas investigaciones cualitativas! ¡Necesitamos evidencias contundentes!”. Él era un decisor de políticas públicas con mucha experiencia pero no un experto en investigación social o en evaluación. Probablemente pensó que lo que había dicho era irrefutable y yo realmente estaba demasiado intimidado por su poder para empezar una discusión en la que no hubiera podido dar fuertes argumentos.

El diseño de una evaluación debería ser elaborado considerando las diferentes implicaciones de una intervención y no debería estar necesariamente limitado a una chaqueta de fuerza metodológica.

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Él creía mucho en la importancia de fortalecer las políticas con la participación de los beneficiarios. Estoy seguro de que al momento de tomar una decisión o de discutirla con sus jefes, él consideraba la opinión de los beneficiarios. Pero, ¿qué tal si su creencia en la consistente evidencia estadística -que produce un resultado numérico para medir si una política mejora la vida de la gente o no sin necesariamente saber qué es lo que piensa esa gente al respecto-  superaba los procesos participativos? Realmente creo que una evaluación de impacto que considerase el enfoque cualitativo, así como el de la inferencia estadística, hubiera sido la mejor opción.

Hay una preocupación ética entre evaluadores sobre las implicaciones negativas que pueden tener los resultados de una investigación para los grupos involucrados, principalmente para aquellos más pobres y marginalizados. Para algunos evaluadores, sería antiético no considerar la perspectiva de todos los actores involucrados en un programa para saber si está funcionando o no (Morris, 2010). En el campo de la  Evaluación es evidente que los problemas éticos trascienden la recolección de información. Para este tipo de investigación, uno de los problemas éticos fundamentales es cómo se utilizarán los resultados.

“En el marco del enfoque cualitativo [de evaluación] se entiende que los evaluadores atenderán a la pluralidad de valores e intereses de los participantes de los programas y de otros actores involucrados” (Abma & Widdershoven, 2011: 671, traducción propia).

 


“NO ESTAMOS CUMPLIENDO CON LA META DE LA REDUCCIÓN DE ESTE INDICADOR. ¡Es inaceptable! ¿Cuánto más dinero necesitan?” – eso es lo que ella dijo durante la discusión de una de las cifras de varias metas de desarrollo. Yo tuve la suerte de estar ahí. Fue una clase magistral de políticas públicas.

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Es ampliamente aceptado que el impacto de una política se mida comparando los números antes y después de la intervención, para un grupo experimental y otro de control. La meta suele ser un indicador que cuantifica algún aspecto de la realidad. Pero, ¿qué tal si la realidad que importa no se puede cuantificar fácilmente? Por ejemplo, para evaluar los efectos de un amplio programa de género destinado a cambiar las relaciones laborales inequitativas entre hombres y mujeres sería insuficiente únicamente analizar cuántas mujeres han accedido a puestos de toma de decisiones y salarios similares a los de los hombres. Sería necesario investigar también sobre efectos que no pueden ser cuantificados fácilmente, como aquellos relacionados a diversos temas de respeto o discriminación en las dinámicas laborales.

¿Qué pasa si lo cuantitativo no refleja el contexto de esa realidad? Hay que recordar que no todas las personas, culturas o grupos interpretan un mismo comportamiento de la misma manera. ¿Es posible tener un indicador cualitativo como parte de las mediciones antes y después de la intervención para medir impacto? Algunos dirán que no, porque no hay manera de asegurar que la recolección de información cualitativa sea totalmente comparable. Sin embargo, que este tipo de metodología sea difícil de replicar no significa que no permita obtener resultados válidos para una comparación. A la final, la validez de los resultados de una medición se basa en la construcción social del conocimiento (Mishler, 1990). Existen consensos entre investigadores sociales sobre cómo validar información cualitativa. Tiene sentido y es posible trascender la camisa de fuerza cuantitativa para estudiar los efectos de una intervención.

Es difícil pensar actualmente que las metas de desarrollo global puedan ser medidas no sólo con números, pero por lo menos para programas e intervenciones de menor escala –que contribuyen a los indicadores globales- deberíamos ser lo suficientemente creativos para enfatizar la importancia de entender las diferentes verdades y ponernos de acuerdo en usar las letras.

A la final, esto también es útil para dar voz a los diferentes participantes alrededor de una intervención y resolver así los dilemas éticos de cómo proceder con los resultados de una investigación.

 

P.D.: La evaluación con muestra estadística del primer ejemplo nunca se hizo por falta de presupuesto. ¡En todo caso sirve para la discusión!


 

En la Investigación Evaluativa, debe haber conciencia no sólo sobre cómo llegar al objetivo planteado de la mejor manera para construir conocimiento y sin causar daño a los participantes en la recolección de información, pero también sobre cómo ser lo más ético posible en todo el proceso, incluyendo problematizar el impacto que podrían tener los resultados.

Lo interesante es que las distintas opciones de investigación pueden responder de maneras distintas a los problemas éticos. Por ejemplo, una opción cualitativa sin representatividad estadística de toda la población puede resultar en optar por una intervención que sólo se adecúa a cierto grupo, pero no a toda una población objetiva. Por su parte, una opción cuantitativa puede resultar en la predominancia de una visión del mundo sobre otras múltiples versiones de la ‘verdad’. Cuando la discusión metodológica toma en cuenta cuestiones éticas, el proceso de investigación se vuelve más transparente y obliga al investigador a defender su posición y a que las demás personas puedan criticarla no sólo desde un aspecto técnico sino también ético.

Los investigadores sociales tienen la responsabilidad de reflexionar sobre las implicaciones sociales de sus investigaciones. Un buen investigador social no solo debe saber aplicar la técnica, también debe ser capaz de auto-evaluar sus decisiones metodológicas y no dejarse llevar por sus sesgos académicos. Un buen investigador social, en el Ecuador o en cualquier parte del mundo, debe estar abierto a aprender y a contribuir a crear técnicas de recolección de información y análisis de datos que respondan de manera más ética a los problemas sociales que se pretendan estudiar[3].

 

Notas

[1] Los argumentos de este artículo se basan principalmente en las discusiones y lecturas de los cursos de la Maestría de Investigación Social en la Universidad de Edimburgo, 2016-2017.

[2] Muchas de las investigaciones de PhD podrían ser ubicadas en la investigación básica, dado el carácter formativo de las mismas. Estudiantes de PhD en la Universidad de Edimburgo, tanto de ciencias sociales como de ciencias naturales, han comentado que cuando se enteran que hay alguien más (en cualquier parte del mundo) estudiando exactamente lo  mismo entran en crisis existencial, ya que pueden perder oportunidades en su campo académico. Como en otras cosas de la vida, en este aspecto, la colaboración no es lo que se quiere ni espera y prima la competencia. Desde una perspectiva ética, si la investigación va a aportar a la mejora de la vida de la gente, la colaboración debería ser parte del proceso, pero muchas veces este no es el caso.

[3] Como ejemplo, vale la pena mencionar a los científicos sociales que desarrollaron la investigación acción participativa (ver Kindon et al., 2007; y, Herrera & López, 2012, sobre la obra de Fals Borda). Propusieron un tipo de investigación social en la que tanto el investigador como los participantes aprenden en el proceso y se vuelven agentes de cambio.

 

Bibliografía y lecturas recomendadas

Abma, T. & Widdershoven, G. (2011). Evaluation as relationally responsible practice. En: N. Denzin and Y. Lincoln (eds.), The SAGE Handbook of Qualitative Research, Thousand Oaks: Sage.

Denscombe, M. (2002). Objectivity. En: Denscombe, M., Ground rules for good research: a 10 point guide for social researchers, Buckingham: Open University Press.

Herrera, N., & López, L. (2012). Ciencia, compromiso y cambio social, Orlando Fals Borda, Antología (1ra ed.). El Colectivo: Argentina.

Kindon, S., Pain, R., & Kesby, M. (2007). Participatory action research approaches ad methods: connecting people, participation and place. Routledge: London, New York.

Mishler, E. (1990). Validation in Inquiry-Guided Research: The Role of Exemplars in Narrative Studies. Harvard Educational Review, 60(4), p. 415-42.

Morris, M. (2010). The Good, the Bad, and the Evaluator: 25 Years of AJE Ethics. American Journal of Evaluation, 32(1), p. 134-151.


 

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