Hoy en día es difícil hablar de innovación sin sonar trivial –esta palabra ha sido usada como muletilla especialmente en el discurso sobre tecnología. En la academia la innovación y el progreso tecnológico se han explorado ampliamente desde disciplinas como la economía y las ciencias administrativas, normalmente con una inclinación macro y cuantitativa. La innovación desde este punto de vista se asume como deseable e instrumental para la creación de riqueza. Por otro lado, el análisis sociológico de la tecnología permite una examinación cercana de actores, técnicas y materiales. A través del estudio cualitativo de estos elementos, es posible cuestionar las presunciones sobre un concepto tan amplio como la innovación. Este artículo describe la emergencia del Internet de las Cosas y las posibilidades que se han abierto para construirlo de forma creativa, cooperativa, buscando soluciones a problemas relevantes para comunidades específicas y empoderando una ciudadanía inteligente.

Existe un creciente interés en explorar la innovación tecnológica originada desde un grupo tradicionalmente asumido como recipiente dentro de una larga cadena de valor –los usuarios. Desde esta visión se observa a la innovación como un fenómeno que no sólo ocurre de manera vertical, es decir desde las corporaciones o centros de investigación hacia los usuarios finales, sino que éstos también tienen el potencial de generar y difundir innovaciones. Esta perspectiva estudia la innovación de usuarios como un fenómeno social y económicamente relevante. En el sector de las tecnologías de información y comunicaciones, los individuos normalmente reconocidos como usuarios han ganado terreno para participar activamente en el desarrollo tecnológico, en gran parte gracias al movimiento del software libre originado en los 90s. Pero ¿es éste un fenómeno con vigencia en nuestro contexto temporal y espacial? El internet ha evolucionado mucho desde su incepción, tendiendo a ser un sistema altamente centralizado, vigilado y controlado por intereses económicos (léase Google y Facebook) y que ahora se propaga casi imperceptiblemente hacia más espacios en nuestras vidas. Cuestionar y contribuir a construir el internet del futuro es entonces un deber político de sus usuarios.

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“Cuestionar y contribuir a construir el internet del futuro es entonces un deber político de sus usuarios.”

¿Qué es el Internet de las Cosas y cómo abre un camino para el desarrollo de tecnologías civiles?

Durante la última década, el internet se ha expandido más allá de las páginas web. Pequeños sensores y microcontroladores permiten conectar prácticamente cualquier ente físico al internet: objetos cotidianos, maquinas, recursos naturales, animales e incluso personas. Esta tendencia tecnológica se conoce como el Internet de las Cosas. Se calcula que en la actualidad existen 8mil millones de objetos conectados al internet y se estima que esta cifra llegue a los 20mil millones en 2020[1]. Muchas de las aplicaciones del Internet de las Cosas están orientadas a la automatización industrial por lo que existe un gran interés por parte de corporaciones en innovar en sofisticadas soluciones para control y monitoreo remoto de maquinaria. Otras aplicaciones comerciales incluyen la automatización de edificios y hogares, es decir control de luces, climatización, accesos, etc. En estos sectores existe una gran influencia de firmas tecnológicas que buscan posicionarse a base de economías de escala, con grandes inversiones y con aspiraciones de adopción en masa.

El Internet de las Cosas, sin embargo, va más allá del interés puramente comercial y las eficiencias de mercado. En la actualidad existe una creciente demanda de kits de prototipado electrónico diseñados para incursionar en el mundo de la programación y el desarrollo de aplicaciones de hardware. Estos kits son relativamente de bajo costo y consisten de sensores y controladores programables que pueden ser utilizados en diversas formas. Entre los nombres que más resuenan en este mercado emergente están los microcontroladores programables basados en Arduino y los computadores de bolsillo como Raspberry Pi. Los sensores y equipos programados con estas herramientas pueden ser instalados a la intemperie en zonas urbanas o rurales para monitorear polución, ruido, temperatura, humedad, movimiento. Profesionales así como hobbistas y estudiantes configuran y personalizan estos aparatos para generar un sinnúmero de aplicaciones que van desde robots, drones e impresoras 3D hasta controles de riego para la agricultura y sistemas de rastreo de objetos. Los desarrolladores de aplicaciones muchas veces comparten manuales y código fuente a manera de recetas a través del internet en sitios como instructables.

                             Placas de desarrollo para Arduino (izq.) y Raspberry Pi

El ecosistema de nuevas tecnologías abiertas, los kits de desarrollo de hardware, las plataformas de software y el bagaje de conocimiento acumulado sobre software libre, se traduce en una baja barrera de entrada para innovar en el aun naciente Internet de las Cosas. La necesidad de tener el control sobre la tecnología y de resolver problemas específicos han empoderado a los usuarios para innovar por su cuenta, originando una suerte de tecnología civil, incluso a veces llamada tecno-anarquista. Aunque mucha de la actividad de los usuarios en relación a la programación de aparatos sucede como hobby o experimentación sin una dirección concreta, existen comunidades de usuarios que tienen un fuerte interés en profesionalizar el desarrollo participativo de tecnología. Es decir que las aplicaciones no solo son para uso personal, sino que pueden contribuir a un beneficio para la comunidad.

En Ok Lab Stuttgart, por ejemplo, un grupo de desarrolladores y diseñadores han implementado una red de sensores de polvo (luftdaten) distribuidos en la ciudad que permiten cuantificar y visualizar la contaminación producida por los vehículos y los niveles de exposición a partículas de polvo y óxido de nitrógeno en áreas residenciales. Los datos generados por los sensores son abiertos y la red es mantenida y mejorada por la comunidad. Las aplicaciones de este tipo contribuyen a la evolución hacia las llamadas ciudades inteligentes, donde el uso de la tecnología busca lograr un desarrollo urbano sostenible con el objetivo de mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Soluciones como luftdaten normalmente no tienen lugar en los departamentos de producto de grandes firmas y suceden de manera impredecible y guiadas por la motivación de resolver problemas específicos que no necesariamente generan retornos financieros.

The Things Network: una iniciativa de alcance global

El Internet de las Cosas requiere de comunicación inalámbrica para cubrir espacios abiertos y conectar así objetos dispersos. Esto se puede lograr con suscripciones a servicios móviles que cuentan con la cobertura o a través de conexiones de Wifi o Bluetooth. The Things Network (TTN) es una iniciativa que busca crear una red global y descentralizada de Internet de las Cosas donde la infraestructura física local es implementada voluntariamente por comunidades de usuarios en todo el mundo. Esta infraestructura utiliza una tecnología inalámbrica abierta de larga distancia (LoRaWAN) que no requiere de una suscripción móvil. En octubre de 2015, a través de una campaña de Kickstater, 934 patrocinadores contribuyeron con cerca de €300 mil para la producción de módulos de hardware compatibles con la nueva tecnología y de bajo costo. Los equipos desarrollados por TTN costarían alrededor del 20% del valor de otros productos en el mercado. Incluso antes de recibir el hardware de la campaña, muchos usuarios han empezado a construir e instalar nodos de comunicación de larga distancia en lugares estratégicos, mayoritariamente en centros urbanos. Al momento existen alrededor de 300 comunidades activas de usuarios con diferentes tipos de organización y necesidades específicas.


Mapa de comunidades de usuarios de The Things Network

Los “iniciadores” –como se conoce a los propulsores de la iniciativa en diferentes partes del mundo, son entusiastas generalmente con cierto conocimiento técnico. Su rol es promover la formación de una comunidad local con el objetivo común de proveer a la ciudad (o región) de una infraestructura inalámbrica abierta con la participación voluntaria de sus miembros. En menos de dos años algunas de las comunidades más activas (por ejemplo, en Amsterdam, Zurich y Berna) han sido capaces de desplegar suficientes puntos de acceso inalámbricos (gateways) para proveer a ciudades completas de una red abierta de Internet de las Cosas. De acuerdo a la información obtenida de los iniciadores, antes de contar con la infraestructura, ya existían grupos de desarrolladores y hackers con ideas y prototipos, pero limitados en su capacidad de poner a prueba sus prototipos. Muchos iniciadores mencionan haberse enfrentado al dilema del huevo o la gallina al debatir entre empezar por desarrollar aplicaciones o desplegar la red. En las comunidades más maduras, especialmente en Europa, han optado por comenzar por la infraestructura con la premisa de que ello permitirá experimentar con el Internet de las Cosas e inspirará la creación de aplicaciones. Prototipar y probar sin embargo no implica innovar, la innovación ocurre cuando una nueva idea es exitosamente implementada, ya sea en términos económicos o sociales.

Existe entonces otro requerimiento imprescindible para que los usuarios innoven: la orquestación de los esfuerzos individuales de los miembros de una comunidad. Al contar con infraestructura, una base de voluntarios comprometidos y suficiente conocimiento técnico, el siguiente paso parecería ser ‘formalizar’ la comunidad y auto organizarse para implementar soluciones tecnológicas útiles y sostenibles en el tiempo. Aunque aún es muy temprano para observar esta etapa en la evolución de las comunidades, algunos miembros ya han creado fundaciones, cooperativas y ONGs con la finalidad de establecer relaciones con municipalidades y actores privados para financiar la implementación infraestructura y promover la generación de aplicaciones de utilidad para la comunidad. Adicionalmente, en cada localidad se tiene que resolver aspectos legales con respecto a la provisión de servicios de telecomunicaciones y mecanismos de financiación. En Europa existen casos de éxito de esfuerzos tecnológicos liderados por comunidades donde se ha logrado implementar redes inalámbricas abiertas con diferentes modelos de sostenibilidad. Algunos ejemplos incluyen: la infraestructura mancomunada guifi.net en España, la red inalámbrica libre freifunk.net en Alemania y la red inalámbrica comunitaria Ninux en Italia.

La situación en Latinoamérica y Ecuador

La iniciativa The Things Network pretende tener un alcance global. En el sitio web de la fundación se puede ver que existen comunidades en diferentes ciudades en Latinoamérica. Sin embargo, el movimiento en la región aún no toma tracción con respecto a la implementación de infraestructura y a la familiarización con la nueva tecnología. A diferencia de Europa y Estados Unidos, la oferta de este tipo de equipamiento electrónico es todavía inexistente en Latinoamérica por lo que los entusiastas en la tecnología deben recurrir a la oferta disponible en Estados Unidos y con extra costos y tiempos de importación. Otro aspecto diferenciador en países de ingreso medio y bajo es el poder adquisitivo de sus habitantes, lo que implica que iniciativas de este tipo sean más atractivas para organizaciones y para universidades que para individuos. Estos factores hacen que los iniciadores tengan un mayor interés en crear aplicaciones comerciales que en proyectos de tecnología civil. Finalmente, hay que considerar que el Internet de las Cosas no es un sistema aislado, sino que depende de redes de internet existentes. Actualmente existe una gran brecha digital: de acuerdo a la UIT, la penetración de internet en los países en vias de desarrollo es de 40% mientras que en los llamados paises desarrollados es de 81%[2].

Particularmente en países en desarrollo como el Ecuador, las tecnologías abiertas ofrecen una baja barrera de entrada para innovar. La experiencia con el software libre ha demostrado que, a través del internet, es posible colaborar de manera dispersa, permitiendo a más actores participar en tecnología de vanguardia con bajos costos, además de acortar la brecha digital. Tal como ya ha sucedido con el software libre en el internet de la web, el Internet de las Cosas abre una ventana de oportunidad para producir soluciones tecnológicas originadas desde los usuarios en países en desarrollo. Sin embargo, a diferencia del software, donde el intercambio de información es instantáneo y económico, el desarrollo de hardware e infraestructura de comunicaciones requiere adicionalmente un intercambio material. La posibilidad de adquirir los materiales a bajo costo es crucial para el desarrollo abierto y colaborativo de artefactos físicos. Se espera que el hardware de The Things Network producido gracias al crowdfunding de Kickstarter llegue a sus destinatarios este año, y con ello que las comunidades empiecen a experimentar con la tecnología y desarrollar aplicaciones. Pero es necesario establecer un mecanismo para la provisión económica de materiales para empezar a pensar en sostenibilidad y escalabilidad.

Por otro lado, debemos aceptar el hecho de que la descentralización del Internet de las Cosas no es algo inevitable. Estar a la vanguardia de la tecnología no debería ser el punto central de la agenda sino un mero instrumento. Para apostar a trayectorias de innovación más democráticas en el largo plazo, se debe empezar un diálogo entre el sector público (municipios, entes reguladores, etc.), el sector privado y la academia; enfocado a incentivar un desarrollo tecnológico participativo. Fundamentalmente, el camino hacia verdaderas ciudades inteligentes requiere del empoderamiento de ciudadanos inteligentes y no solo la producción y adopción masiva de aparatos.

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[1] http://www.gartner.com/newsroom/id/3598917

[2] ICT Facts & Figures, The World in 2016. International Telecommunications Union. http://www.itu.int/en/mediacentre/Pages/2016-PR30.aspx

 


 

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