El Beamish Museum es un museo al aire libre en el noreste de Inglaterra, en el condado de Durham. Fue el primer museo de este tipo en el país y lo abrieron por primera vez en los años 70s del siglo XX. La idea del museo es recrear la vida a principios del siglo XX en un típico pueblo de la región con la mayor precisión posible para que al entrar y explorarlo sea como experimentar un viaje en el tiempo hacia esa época. Es realmente una experiencia única en cuanto a museos pues las épocas pasadas cobran vida de verdad.

El museo tiene diferentes áreas para visitar. Una de ellas es el Pueblo de 1913 donde hay diversos almacenes, entre ellos, una tienda de dulces, una panadería, una imprenta, un estudio de fotografía, una Co-Op (cooperativa de almacenes que empezó a funcionar a finales del siglo XIX y principios del XX y se expandió rápidamente por todo el Reino Unido, se trata de una sociedad cooperativa que empezó agrupando a diversos vendedores minoristas y cuyo mecanismo de distribución de las ganancias de acuerdo a las compras en la tienda puede observarse en el museo con los artefactos y prácticas que daban forma a la transacción en ese entonces), también un banco, un pub, un templo masónico, el consultorio de un dentista y casas de las familias del pueblo. En todos estos lugares hay personas recreando los personajes de cada uno de esos escenarios y la idea es interactuar con ellos, hacerles preguntas y compartir diferentes historias. También hay un tranvía y otros carruajes de la época en los que uno se puede movilizar.

Otra de las áreas reconstruye la vida en una comunidad minera. Uno de los más grandes atractivos de esta villa es la fishchipería, la tienda donde venden el famoso Fish and Chips pero preparado de la forma tradicional en hornos de carbón. También está la mina, en otra de las áreas una granja de 1940 y finalmente otra donde se recrea un poco de la vida en 1820, desde ahí se puede ver pasar un tren a vapor. En los próximos años además se recreará la vida en 1950 en una nueva área que está en plena construcción.

Un museo desde y para la comunidad

Una de las cosas más interesantes del museo es la forma en que está construido y la relación que mantiene con la comunidad. El proceso de reconstruir las diferentes épocas se ha llevado a cabo a través de recopilar objetos y artefactos de las personas de las zonas cercanas. Para recrear los 50s por ejemplo, la gente ha colaborado ya con muchos objetos emblemáticos de la vida en esa época, pero la gente colabora además con su conocimiento, con sus historias y consejos de cómo deberían ambientarse los espacios. Más aún, el museo cuenta con una red amplia de voluntarios involucrados en diversas áreas, desde los personajes en los diferentes escenarios hasta cuestiones de organización que funcionan ‘tras bastidores’. Una de las características más llamativas es que se conservan y se abren al público objetos que pertenecen a la vida cotidiana popular y no solamente aquellos que son considerados artísticos o que pertenecieron a las clases altas.

Hay varias cosas fascinantes de esta forma de trabajo colaborativo. Por un lado el hecho de que la gente mire sus objetos siendo parte de la historia del lugar y pueda además compartir su conocimiento sobre las prácticas alrededor de esos objetos cambia la relación de la cultura como botín arrastrado por los vencedores y exhibido en los grandes museos de Londres, París o Berlín, a una relación con la cultura a través de prácticas que se construyen y adquieren significado de forma cooperativa.

En este mismo sentido, cuando los objetos son puestos en un museo de la forma tradicional se entiende que son parte de un pasado ido, estático y en ese mismo acto se borran del presente prácticas y conocimientos de personas que viven en el presente como también nuestro vínculo con generaciones pasadas. Dos experiencias de mi visita al museo pueden ilustrar cómo el modelo de esta forma de museo rompe con dicha forma de entender el tiempo y la historia.

Después de llegar en el tranvía al pueblo, lo primero que visitamos fue el consultorio del dentista. El dentista que atendía en uno de los cuartos de su casa conversaba con la gente, respondía sus preguntas y escuchaba sus historias. Esta última parte fue lo que más me impresionó, las historias de las personas. El museo promueve visitas familiares y de niños, muchas actividades de hecho están orientadas a los niños y uno los ve por todos lados con sus familias. Al consultorio del dentista llegaron así tres niños con sus abuelos. El dentista empezó contando la historia de sus aparatos y su consulta pero entre sus historias se mezclaban las historias de los abuelos de los niños. Pronto el dentista, los abuelos de los niños y otros adultos que llegaban contaban sus experiencias o las de sus familiares con el dentista en esa época. Esto se repetía en varios de los escenarios en donde la gente y sus historias ayudaban a reconstruir la vida en esas épocas.

Por otro lado, en conmemoración de la Primera Guerra Mundial, en estos días se recrearon diferentes actividades como el reclutamiento de soldados en el templo masónico y también una huelga de niños que sucedió en 1917 cuando las escuelas decidieron eliminar el almuerzo que recibían los niños, agravando así la crisis de escasez y hambruna. Para este último evento los niños que visitaban el museo estaban invitados a hacer sus carteles y unirse a la marcha. De este modo, no sólo forman parte del museo quienes vivieron en esa época o escucharon sobre ella de sus padres sino también las nuevas generaciones cuyas vidas probablemente están muy lejos de esas experiencias.

Del ‘Por favor, no tocar’, a la historia que se come y se siente

Otra cosa interesante es ver diferentes objetos en práctica, usarlos y comerlos. La panadería, la tienda de dulces y la tienda de fish and chips intentan recrear esa época no sólo visualmente sino también en sus sabores. Asimismo, cuentan que para la época de 1950 están intentando recrear el ambiente de los cines de modo sensorial; uno de los proyectos intentará recrear la capa de humo de cigarillo que cubría a los espectadores así como el olor del mismo, lo cual representa un desafío porque claramente no quieren que sea perjudicial para la salud.

Pensando en Ecuador, la posibilidad de rescatar y preservar saberes y tecnologías con tiendas donde se puedan consumir diferentes productos puede ser muy interesante. Muchas veces hay conocimientos y prácticas que desaparecen sin mayor revuelo, un espacio así puede dar cabida a esas prácticas y a que la gente los conozca y valore. De hecho al Beamish van muchas personas por el tradicional Fish and chips, porque no lo encuentran en otro lugar elaborado con el método tradicional.

Conexión intergeneracional y la construcción política del tiempo

La forma de construir la historia ha marcado nuestros territorios y nuestra identidad desde hace más de 500 años. La forma de catalogar como atrasados, anacrónicos o prehistóricos ciertos saberes y prácticas ha sido por mucho tiempo una forma de dominación y exclusión. Este tipo de proyectos de construcción colectiva de la historia puede generar formas distintas de relacionarnos con el pasado, de entender cómo da forma al presente y a las prácticas que nos constituyen.

Ciertamente el Museo Beamish no representa el modelo perfecto de relación con la cultura y la historia pero el modelo que sigue ofrece muchas posibilidades interesantes de relacionar a las comunidades con su historia y también de relacionar a las comunidades en el tiempo. Hay una conexión intergeneracional importante que se puede promover en un espacio así. Justamente enfocándose en la idea de generar un espacio donde se pueda compartir y rescatar el conocimiento de diferentes generaciones poniéndolo en práctica. Muchas veces se escucha a los investigadores sociales que no encuentran archivos históricos sobre algún lugar específico y en este sentido involucrar a la gente en la reconstrucción de la historia ayuda a rescatar y proteger el conocimiento de esos mismos lugares. Cabe destacar que con el costo de la entrada uno tiene acceso por un año entero al museo lo que hace que muchas familias lo visiten seguido y lo conviertan en parte de la vida cotidiana de sus comunidades. No cabe duda que el Museo Beamish es uno de los tesoros escondidos de Inglaterra y hay mucho que podemos explorar y aprender de él.

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